NOTAS SOBRE UN MUNDO: 'El Reino' de Lars von Trier
David Eloy Rodríguez
Una misteriosa historia de fantasmas (espíritus
y demonios) en un espacio fantasmagórico de la contemporaneidad
(un hospital gigantesco). Un pequeño gran teatro donde se representan
las pasiones y miserias humanas encarnadas en personajes inolvidables.
Una batalla entre el bien y el mal que se entabla en el marco de la
planta de neurocirugía. Una inquietante obra de terror que hace
asomar reflexiones sobre lo trascendente. Una narración repleta
de humor que hace reír a carcajadas. Una obra de arte con un
estilo visual técnicamente virtuoso, particular, innovador, tan
seductor como convulso.
RECUERDOS DE CINE
Seminci (Semana Internacional de Cine) de Valladolid, 1995. En una
sala pequeña y en una sección modesta de la programación
del festival (“Punto de Encuentro”, dedicada a películas
que no están en la sección oficial a concurso pero que
se consideran de cierto interés o relevancia estilística
o temática) se proyecta una serie de la televisión danesa
llamada Riget, o The Kingdom, o El Reino, de Lars Von Trier, director
ya relativamente conocido en España entre los cinéfilos
por sus primeras películas: El elemento del crímen y,
sobre todo, Europa. Un puñado de espectadores –que paulatinamente
van convirtiéndose en cómplices– gozan, entusiasmados,
de 280 excitantes, divertidos y conmovedores minutos repartidos en cuatro
episodios. Asombrados, incrédulos, los asistentes que se habían
aventurado a pasar casi cinco horas de su vida en un cine viendo un
trabajo del que apenas existían referencias en nuestro país,
subtitulado en inglés y simultáneamente en castellano,
aplauden efusivamente al final de cada episodio. Comparten la sensación
de estar asistiendo a un acontecimiento cinematográfico, a una
obra tan insólita como impresionante.
En 1998 la Seminci (festival que mantiene un ya tradicional idilio
con la obra de Von Trier) emite Riget II, cuatro episodios que continúan
la acción de la serie justo en el punto en el que se había
suspendido en el último capítulo de la primera parte (a
pesar de que para todo el elenco habían pasado tres años
desde la realización de Riget). El impacto entre los presentes,
advertidos y no avisados, se repite.
FENÓMENOS INEXPLICABLES
El Reino, tanto en su primera como en su segunda parte, obtuvo, en
su emisión en las pantallas de televisión danesas, un
reconocimiento abrumador: audiencias espectaculares, excelentes críticas,
premios… Ello motivó que se elaborara una película
de cinco horas para la distribución internacional que tuvo notable
repercusión en varios países europeos y en Estados Unidos.
Ni la serie ni el film pudieron verse en España, ni en las televisiones
ni en la exhibición comercial en cine.
Recientemente ha sido editada, por fin, en DVD en nuestro país
la serie completa con magníficos extras. Brindemos por ello.
UN NUEVO RETO DE UN DIRECTOR ADICTO A LOS DESAFÍOS
La DRTV (televisión pública danesa) propone a Lars Von
Trier [ 1 ] y a Morten Arnfred (codirectores del
proyecto) la realización de una serie para la cadena. Estos plantean
que suceda en el Rigshospitalet de Copenhague, conocido popularmente
como Riget, El Reino, un hospital de esa ciudad famoso por sus tecnologías
y avances. Tras un proceso de escritura muy rápido (elaboraron,
según declaran, la sinopsis en tan sólo ocho días
encerrados en un hotel) y un profuso trabajo de documentación
(sobre medicina, sobre hechos paranormales, sobre la propia historia
real del hospital), se va perfilando una propuesta que se dispone a
no dejar indiferente a nadie y que contará también con
la participación de los guionistas Tomas Gíslason y Niels
Vørsel, colaboradores habituales de Von Trier.
Con el dinero que consiguió con El Reino I –Zentropa,
la productora de Von Trier, estaba en problemas económicos–
el director danés pudo hacer factible su siguiente proyecto:
Rompiendo las olas (Breaking the waves, 1996), después de haber
participado en la declaración pública conocida como Dogma
95, que era sobre todo un juego de agitación y un pacto cómplice
entre los amigos que lo impulsaron y firmaron. Este manifiesto estético
deseaba (y habría que decir que lo consiguió con creces)
hacer pensar sobre el hecho cinematográfico y su sentido último,
y estimular libertariamente a los creadores.
La primera parte de El Reino concluye con un final abierto, abrupto
e inesperado. Tres años más tarde de su finalización,
prácticamente el mismo equipo inicial realiza la continuación,
la cual tiene notablemente más subtramas, es más loca,
más extremada aún, quizá más arbitraria
en su desarrollo, y, por todo ello, acaso más superficial. El
Reino II tampoco resuelve, ni mucho menos, las numerosas y más
complejas líneas argumentales, con lo que los rumores de una
tercera parte (a pesar de las inevitables dificultades que surgen según
pasa el tiempo [ 2 ]) no han cesado [ 3
].
HAY GRIETAS EN EL EDIFICIO DE LA RAZÓN: LA EMERGENCIA DE LO
REAL
Bajo el manto tranquilizador que llamamos Realidad –construida
con las palabras que la nombran y definen– habita lo Real, aquello
que no tiene nombre pero que no por ello carece de existencia: lo que
se nos escapa de los sentidos, lo que está más allá
o más acá de nuestros umbrales de percepción, lo
que desconocemos, eso que tantas veces nos hiere y deseamos olvidar
por amenazante… Una pulsión nos arroja a saber de lo Real,
otra a agarrarnos firmemente al principio de Realidad.
En el hospital El Reino (el de la ficción) suceden hechos extraordinarios.
Lo oculto –inquietante, inabarcable, indetenible– se revela
y emerge en este moderno templo de la ciencia en el que, a su vez, todos
tienen algo que esconder.
Lo Real está ahí si queremos o podemos o sabemos verlo,
si la fe en la Realidad (derivada de la Ideología, la Ciencia,
la Ley y otros universos cerrados que dictan que las cosas son como
son y no pueden ser de otra manera) no nos lo impide. Los impulsos de
buscar la verdad o no buscarla, desvelar o encubrir, contar o callar
–con el debate al fondo entre el bien y el mal– cercan a
los protagonistas de la serie, que se remueven en el conflicto. Son,
significativamente, los débiles, los marginados, los personajes
de la serie que más sensibilidad tienen para detectar lo que
realmente sucede y más valor para afrontar el reto. En este sentido
destacan: por un lado, una de las principales protagonistas, una señora
mayor que finge enfermedades para llamar la atención; por otro,
una chica y un chico con síndrome de Down, friega-platos del
hospital, que, sin salir de la cocina, en los sótanos del centro,
van contándose –en escenas tan inquietantes como impregnadas
de una extraña poesía– sobre lo que sucede en la
serie, porque ellos –no se sabe por qué– parecen
tener todas las claves sobre los misterios humanos y los asuntos paranormales
que van aconteciendo.
UNA OBRA-MUNDO
Obra-mundo: así se calificó en la revista Cahiers de
cinema a El reino. Influida por Twin Peaks (David Lynch y Mark Frost,
1990), que fascinaba a Von Trier [ 4 ], y su acumulación
de personajes extravagantes en diversidad de extraños sucesos,
Riget es una serie verdaderamente coral. Las actrices y actores, que
componen sus personajes ayudados por una dirección y planificación
hecha a medida de su talento [ 5 ], realizan un
trabajo perfecto en la encarnación de caracteres muy inteligentemente
dibujados, y lo hacen en un espacio físico vívido, reconocible.
El Reino se convierte así en un universo simbólico poderosísimo
y verosímil, coherente por absurdas o increíbles o extremas
que sean las situaciones que se suceden a un ritmo trepidante.
Además de esa referida excepcional tarea de interpretación,
otros hallazgos colaboran, a nuestro juicio, en esa consideración
de obra-mundo, de universo con vida propia. Por ejemplo la muy singular
factura visual –aun revisada hoy, la serie mantiene una gran capacidad
de sorpresa en este aspecto–, que de alguna manera adelanta algunas
de las investigaciones de Dogma 95: cámara en mano, textura de
la imagen a partir de tonos sepia y grano grueso, olvido de los rigores
academicistas y reglas del raccord y el eje para situarnos en el corazón
de la historia…, aspectos que confieren al conjunto una apariencia
de semidocumental, y que sitúan ese mundo como territorio simbólico
aparte y al tiempo reconocible, acaso como si se fotografiaran sueños,
o pesadillas, o delirios (en esta dirección algún crítico
ha planteado la posibilidad de que toda la narración no fuera
más que un invento de esos dos chicos que están lavando
platos en la cocina, lo que no sería, naturalmente, obstáculo
para disfrutar de la verdad textual de lo que se cuenta, tal es la fuerza
y la significación del texto y su capacidad de sugerencia).
También quisiéramos destacar la mezcla de géneros
que concurren y se entrelazan en cada capítulo de la serie, especialmente
tres: terror y suspense, drama –llegando a derivar al melodrama
y por momentos al folletín– y comedia, brillante y divertidísima
y ácida comedia. Los tres se presentan con frecuencia en escenas
consecutivas –una escena, un género, digamos–, pero
también se acumulan muchas veces en la misma secuencia: así,
por ejemplo, en el caso de escenas de acción con la sombra del
horror planeando y vertiginosamente humorísticas o dramáticas.
Por difícil que parezca a priori, tanto el equilibrio como el
mejunje funcionan y se sostienen con una gran habilidad para sorprender
y para generar expectativas, tensar la narración y contribuir
a la construcción de un estilo y de una arquitectura textual
eficaz. Y en todo ello tiene que ver, por supuesto, el magnífico
trabajo de montaje que, en la primera parte, convirtió cincuenta
horas de rodaje en 16 mm (para ser después editada digitalmente,
incluyendo manipulaciones en el color) en cinco horas de ficción.
En especial, nos gustaría enfatizar un truco magnífico
que consigue provocar en el espectador una sensación constante
de interés y desasosiego al mismo tiempo: los cortes de tiempo
dentro de la escena para acelerar los acontecimientos y concentrar la
acción exactamente en lo esencial [ 6 ].
Y sí, como en el resto de la obra fílmica de Von Trier,
la intensidad de cada escena es vigorosa, poderosísima, cosa
infrecuente o impensable en otras filmografías contemporáneas:
la apuesta va en serio, aunque también todo pueda parecer una
broma gigantesca. Como la vida misma.
NOTAS
[1] Von Trier ya había realizado un trabajo para televisión
en 1988, tras su debut cinematográfico con El elemento del crímen.
Se trata de la película Medea, adaptación de la tragedia
griega aprovechando un guión de Carl Theodor Dreyer que éste
nunca logró rodar tras el fracaso de su última película
(Gertrud, 1964).
[2] Por ejemplo los fallecimientos de tres de los actores y actrices
más destacados de la serie.
[3] Las últimas informaciones que circulan por internet apuntan
a que Von Trier está valorando una tercera parte situada en el
futuro para justificar la desaparición de los protagonistas.
Por cierto, habría que indicar la existencia de la serie Stephen
King's Kingdom Hospital, de trece capítulos (incluye un piloto
de dos horas y un final también de esa duración), versión
del escritor estadounidense sobre la materia prima que nos ocupa, emitida
en Estados Unidos en 2004, y en la que, al parecer, participó
en la producción ejecutiva el propio Von Trier.
[4] Homicide: Life on the street, de Barry Levinson (NBC: 1993 -1999),
es otra de las series que los directores de El reino nombran como referente
para su trabajo. En España se ha puesto en televisión
con el título de Homicidio.
[5] Según ha declarado en repetidas veces el director danés,
esta forma de trabajar le permite ir más rápido y estar
abierto a las intuiciones e improvisaciones de los intérpretes,
que prueban el personaje desde intenciones diferentes y están
siempre en el centro de la historia contada. “Mi intención
es volver a contar con el público, y por eso no me detengo tanto
en los efectos técnicos, prefiero centrarme en el juego de actores
y en la historia. Puedo emplear la técnica como un zoom psicológico,
porque el ser humano está dotado de una gran imaginación
y está bien que la use”.
[6] Molly Marlene Stensgård, montadora de la serie, refiere que
ese recurso no les funcionaba en las escenas cuyo objetivo era generar
fundamentalmente miedo. En éstas prefirieron –y resulta
interesantísimo comprobarlo– respetar el tiempo real de
la acción y realizar un menor movimiento de la cámara
para vivir al lado de los personajes su concentración en la situación.
Publicado en el
nº 2 de Cámara Lenta (junio de 2007)
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